Si cierro los ojos y viajo a mi juventud, huelo a noches de fin de semana donde sentíamos que nos íbamos a comer el mundo. Noches generosas en lo gradual y monumentales en lo épico.

Salíamos a la calle con esa adrenalina de que cualquier locura podía pasar. Pero, curiosamente, de mis mejores recuerdos están en las noches donde no ocurría nada de eso.

Cuando la calle no daba más de sí, nos retirábamos a la trinchera: el salón de la casa de algún amigo. Allí fundamos El Club de los Ojos Cerrados. Comíamos pizza, bebíamos Coca-Cola (no te lo crees ni tú) y flipábamos viendo a Vince Carter desafiar la gravedad en la NBA. Vuelo sin motor.
Todo aderezado con las risas incontrolables que nos provocaban los comentarios de Andrés Montes y Antoni Daimiel. Hacíamos el capullo, arreglábamos el mundo a nuestra manera y, cuando salía el Sol, cada mochuelo a su olivo.

Han pasado los años, han llegado las canas, y resulta que El Club de los Ojos Cerrados ha vuelto a abrir sus puertas. Esta vez no hay pizzas, ni Kobe nos regala otra noche estelar. Vuelvo a tener noches sin dormir, pero la magia está fuera de los focos de Madison Square Garden.
Esta noche el foco es mucho más humilde y silencioso, alumbrando el trazo discreto del bolígrafo en la libreta. Alumbrando la pasión de volver a escribir. De crear.

Hay momentos en los que apagas la luz, pero el cerebro te da un toque en el hombro y te dice: "Oye, que no hemos acabado, ¿Quieres escuchar lo que tengo pensado?". Y no acepta un no por respuesta.

El insomnio no siempre es una condena; a veces es el peaje glorioso que pagamos por estar exactamente donde queremos estar, construyendo lo que nos quema por dentro. Y no pasa nada. Qué maravilla que no pase nada.

No duermes, es cierto, pero estás justo en el lugar que has elegido: sentado frente a tu libreta, en el silencio absoluto de la casa, apretando con ganas ese boli que pensaba que ya le tocaba descansar. Pues no, papá. Esta noche no. Esta noche hay guardia.

Hay una belleza inmensa en ser el faro de tu propia casa. Mientras todos duermen, tú sigues en pie, velando su sueño y dando forma a tus ideas. El silencio de la madrugada es el lienzo perfecto para el pensamiento crítico y la arquitectura de lo que seremos mañana.

“La tentación vive en el piso de arriba, Daimiel!” Qué privilegio es tener algo que te quite el sueño y te devuelva la vida.

Esta semana, te pregunto:

¿Hace cuánto que no encuentras una pasión que te obligue a reabrir tu propio Club de los Ojos Cerrados? Busca eso que no te deje dormir, y aférrate a ello.

"La vida puede ser maravillosa".

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P.D.2 Te dejo un regalo (AQUÍ). Bienvenidos a Villa Paraíso.

P.D.3 Le pusimos el Club de los Ojos Cerrados porque siempre era yo el que se quedaba dormido en la esquina del sofá.

Nos vemos en el siguiente puerto. Hasta el sábado
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