«Eres maravilloso. Muchas gracias».

Sonreí, bajando la mirada. Le agradecí el comentario. Le deseé un buen día y me marché.

Me gusta la gente que trabaja cara al público o de atención al público (no encuentro el término correcto). Hace ya mucho tiempo que se ganaron mi respeto. Les observo, los analizo, aprendo. Intento ser como ellos. Parece un trabajo fácil, pero no lo es. Parece que el verdadero reto es lidiar con la persona que tienes en frente, pero lo complicado es lidiar con aquel que tienes en tu interior. Cliente, tras cliente, dando tu mejor versión. Y eso, hay que valorarlo.

Cuántas veces nos ha pasado que quien nos está atendiendo no lo está haciendo con sus mejores dotes? Parece estar en otra parte y no te trata con el respeto que mereces.

Hay dos formas de juzgar, por ejemplo, el servicio de un camarero: Juzgándolo, o, simplemente, no haciéndolo.

En este caso me encontraba estas fiestas de Semana Santa en Bocairent. Paramos a comer y me atendió un camarero con formas un poco rudas e incluso sirviendo los platos casi dejándolos caer. «Vaya tío te ha tocado. Que mal camarero» me decía la señora de la mesa de al lado. Típica reacción.

¿Qué hice yo? Decidí no juzgar. Decidí mirarle a los ojos y sonreír. Decidí agradecer sus esfuerzos. Decidí apostar porque tuviera un mal día.

Cuando fui a pagar me dijo: "Así no se puede trabajar, disculpa. Eres maravilloso. Muchas gracias".

Podría no haber pasado, podría simplemente haber pagado y lo más amable que hubiera recibido fuese un «¿Quieres ticket?», y a otra cosa. Pero hay algo que tengo claro desde hace tiempo, y es que me pondré siempre del lado del que lo está pasando mal, sin juzgar. Prefiero equivocarme en ese lado que en el de enfrente. El lado que prefiere y elige condenar, del que se atreve a señalar con el dedo, el que no tiene reparo a sentenciar sin más juicio que el de su ego.

Decidí que se convirtiera en quien yo quería que fuera, no en quien, por una razón o otra, se estaba mostrando. Ese poder lo tienes tú, desde la calma, mirando sereno a los ojos de la tempestad y diciendo: "Así no. Muéstrate como de verdad eres".

No soy una persona amable, lo hago conscientemente. En este caso también, fue una decisión consciente. Tengo mi atención puesta en no reaccionar de forma negativa. Así lo consigo. No hay truco, solo consciencia y atención plena.

Por eso no es fácil seguir tus valores, oponerse a la crispación, aguantar la reacción. Requiere esfuerzo, entrenamiento y consciencia. Requiere trabajo, templanza y disciplina. No fui amable porque me salió, fui amable porque creo en ello y trabajo todos los días por serlo. Me puedo equivocar? Por supuesto. Y reconociéndolo estaré evolucionando, creciendo.

Esta semana, revisa tu menú:

¿Qué te molesta realmente? Ponerse en el lugar del otro no pesa, lo que pesa es convencer a tu ego de que es una buena decisión. Inténtalo. Merece mucho la pena.

No me considero una persona justa porque lo sea (spoiler: no lo soy), me considero justo porque genuinamente pongo todo lo que está de mi parte para que así ocurra. Y así, casi todas las veces ocurre. ¿Qué pasa cuando no ocurre y no soy justo? No me tiro de los pelos, ni me hundo. Aceptación, disculpa y corrección. Para que haya un equilibrio entre aquello que pienso, aquello que digo y aquello que hago.

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P.D.2 Bocairent es espectacular.

Nos vemos en el siguiente puerto. Hasta la semana que viene
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