Hay algo que funciona especialmente bien en el mundo del cine: juntar uno o dos objetos (aunque no tengan nada que ver entre sí) y aplicarles una trama dramática. Fácil identificación, contraste, narración visual, anclaje de la historia... En definitiva, funciona porque convierte conceptos abstractos en algo tangible.
Tres monedas. Una fuente. Roma.
En 1954, el director Jean Negulesco estrenó Three Coins in the Fountain. En un deslumbrante Cinemascope, la película seguía a tres mujeres estadounidenses que buscaban el amor en la Ciudad Eterna. Pero más allá de su encanto como comedia romántica y de esa icónica banda sonora, la cinta logró algo extraordinario: cimentó para siempre la mitología moderna de la Fontana de Trevi.
La premisa dictaba que, si lanzabas una moneda al agua de espaldas a la fuente, el destino te garantizaba el regreso a Roma. Desde entonces, millones de personas repiten el ritual cada año, delegando en un trozo de metal, y en la superstición, la esperanza de volver a un lugar donde fueron felices.
Pero quitémosle por un momento el filtro sepia de Hollywood a esta postal. La verdadera magia de esta historia no está en Roma, ni en el agua de la fuente; está en el anhelo universal que representa. Todos tenemos nuestro recuerdo de un lugar al que siempre deseamos volver.
Y no tiene porqué ser un lugar, puede ser una vocación, una antigua versión de nosotros mismos o una pasión que dejamos atrás. Nos alejamos porque la vida se complicó, porque nos equivocamos de rumbo o porque el peso de la rutina nos arrastró lejos de nuestra esencia. Y en silencio, lanzamos monedas a las fuentes de la nostalgia, esperando que un golpe de suerte o el destino nos devuelvan a la casilla de salida. Pero no ocurre nada.
Lanzar una moneda a la fuente es delegar en el azar lo que sólo puede lograr el carácter. El destino no hace el trabajo sucio. Volver a empezar exige el coraje inmenso de perdonarse a uno mismo.
Pero en el ecosistema POINT OF DREW no creemos en dejarle el timón al destino. Sabemos que para volver, el primer paso —y el más doloroso— es la absolución. Tienes que perdonarte por haberte ido. Tienes que perdonarte por el tiempo que perdiste en puertos que no eran los tuyos. Empleamos casi toda nuestra energía en castigarnos por los errores del pasado, en lugar de usarla para trazar la ruta de regreso a esas cosas que de verdad le dan sentido a nuestra existencia.
Nunca es tarde para volver. Volver a escribir, volver a amar, volver a intentarlo, volver a mirarte al espejo con orgullo. La vuelta no es un retroceso, es la reconquista de tu propio territorio.
Esta semana, deja las monedas en el bolsillo:
Identifica esa faceta de tu vida, ese proyecto o esa persona a la que deseas volver. Perdónate por la ausencia, coge el timón con las dos manos y, simplemente, emprende el viaje de vuelta. Tu propia Roma te está esperando.
Las segundas oportunidades no se merecen, uno se las tiene que ganar.
P.D. Si alguien de tu entorno te ha pedido una moneda, reenvíaselo. Y si te han pillado bañándote en la fuente y necesitas reflexionar un poco más, puedes darte de alta AQUÍ CON UN CLIC.
P.D.2 No necesitas estar en Italia ni depender de una moneda de cambio para asegurar tu regreso. Tu fuente está dentro de ti. Te dejo un regalo a Villa Recuerdos. Escúchala AQUÍ.
Nos vemos en el siguiente puerto. Hasta el sábado
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