Imagínate tenerlo La paradoja de Lamine.
Imagina tener la fama que siempre soñaste, imagina tener toda la riqueza que puedas acumular, imagina ser el foco de atención permanente, imagina que te admiren por aquello que haces, imagina estar en todas las portadas, imagina a tu familia viviendo a tutiplén (puf, me hago mayor).
Imagina tenerlo absolutamente todo, y desear tener... nada.
Esta semana, Lamine Yamal se sentó frente a los micrófonos de El Larguero. Con solo 18 años, este chico es el epicentro del planeta. Posee un talento generacional, una fama asfixiante y un nivel de riqueza que le garantiza los "lambos" que le de la gana, que ni él ni sus futuros nietos volverán a preocuparse por pasar hambre. Tiene, literalmente, la vida por la que millones de personas sacrificarían su alma.
Pero cuando Carreño le preguntó por su mayor deseo, su respuesta fue una bofetada que debería dejarnos la cara ardiendo de vergüenza:
"Lo que más deseo es poder estar en la terraza de un bar con mi familia tomando algo sin que nadie nos moleste".
Y se queda tan ancho.
Espera... ¿Cómo?
Léelo otra vez.
Su mayor fantasía, el paraíso inalcanzable, su tierra prometida por la que pagaría millones, es tu puto domingo por la tarde. Es tu rutina.
Esa misma rutina de la que reniegas, de la que te quejas por considerarla invisible, mundana y aburrida. Escupimos sobre nuestro propio plato mientras miramos con envidia el escaparate de los demás. Qué nivel de ceguera tan absoluto.
Lamine "tiene que ir" a restaurantes de lujo con reservados, y te envidia a ti que estás en una terraza cualquiera tomándote tu Mahou o tu Túria con un pincho de tortilla. Tela.
Hace casi dos mil años, un esclavo cojo llamado Epicteto, que logró alcanzar la libertad para convertirse en uno de los mayores filósofos de la historia, explicaba que la infelicidad no nace de la escasez material, sino del deseo constante de lo que nos falta. Decía:
«Sabio es quien no se aflige por lo que no tiene, sino que se alegra por lo que tiene».
Lo que Lamine está experimentando es el peso de una jaula de oro, con 18 años, ni más ni menos. Una prisión de diamantes de la que no puede escapar, retenido hasta que toda opción a la libertad ceda al recuerdo y al deseo.
Imagina que tu felicidad dependa de la mirada de los demás, de no poder pisar una calle sin ser juzgado, idolatrado o criticado. Imagina dejar de ser dueño de ti mismo.
Y en el otro extremo del espectro social, el hombre más poderoso del mundo, el emperador Marco Aurelio, que gobernaba sobre la vida y la muerte de millones, escribía en sus diarios personales en medio de la guerra:
"La fama póstuma es el olvido. La fama en vida, un mero chasquido de lenguas. ¿Qué es entonces lo que merece ser valorado? Una mente justa y actuar conforme a la naturaleza".
Tener ambición no es el problema. En POD forjamos el carácter para conquistar cimas, para no rendirnos en la tormenta y para cincelar nuestra disciplina. Pero la ambición sin gratitud es un cáncer del alma. Es una rueda de hámster en la que corres hasta reventar, creyendo que el próximo reconocimiento te llenará un vacío que solo se llena desde dentro.
El lujo más escandaloso de este mundo no es que coreen tu nombre 100.000 gargantas en un estadio, es que griten tu nombre cuando vuelves a casa.
El lujo es ser ese "don nadie" para el mundo exterior, pero serlo todo para los tuyos. Es el privilegio brutal de plantarte en una pista de atletismo, ver a tu hija correr y saber que, en ese metro cuadrado de la existencia, no eres un ídolo de masas: eres, simplemente, su padre. Y nadie va a interrumpir ese momento.
Esta semana, siéntate en tu trono de anonimato:
La próxima vez que vayas a un bar con los tuyos, mira a tu alrededor. Siéntete agradecido hasta que te duelan los huesos por el hecho de que a nadie en ese maldito local le importa quién eres. Disfruta de la inmensa y silenciosa libertad de ser invisible para el mundo. Tienes la vida con la que sueña Lamine. Deja de quejarte y empieza a vivirla.
El problema no es la diferencia de jugar en una moqueta frente a 100.000 personas, o en un parque de barrio frente a 4 personas.
Es entender a LO QUE JUEGAS.
Es disfrutar de CÓMO LO JUEGAS.
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P.D.2 La paradoja de Lamine Yamal, es lo que nos hace inherentemente humanos. Da igual nuestro status, nuestro origen, o nuestro oficio. Esa paradoja siempre nos desnuda y expone nuestra miseria emocional.
Nos vemos en el siguiente puerto. Hasta la semana que viene
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