"Te lo dije. Era inútil que fueras".
"No mi capitán, no fue inútil. Cuando llegué aún estaba con vida, y solamente dijo: Sabía que ibas a venir."
Detesto las guerras. Aborrezco la destrucción, la crueldad y la absurdidad de magnificar conflictos con el único interés de generar poder y más poder. Pero, paradójicamente, soy un profundo admirador de las historias de amor, de honor y de hermandad que nacen en medio de ese infierno.
Hay una historia militar, un relato corto, que ilustra a la perfección el núcleo de lo que defendemos en la arquitectura emocional de nuestra vida. El ilusionista, y mago especializado en cartomagia, argentino René Lavard lo contó con una ternura que todavía me emociona.
Durante un combate atroz, un soldado se da cuenta de que su compañero y mejor amigo ha caído herido en la "tierra de nadie", bajo el fuego cruzado. Desesperado, acude a su general y le pide permiso para salir de la trinchera e ir a buscarlo.
El oficial, aplicando la lógica fría de la guerra, se lo niega en rotundo: "Es inútil que vayas, a estas alturas seguro que ya ha muerto".
El soldado desobedece la orden. Sale de la trinchera, esquiva las balas, llega hasta su amigo y, con un esfuerzo sobrehumano, logra arrastrarlo de vuelta a las líneas aliadas. Cuando caen agotados en el fondo de la zanja, el oficial se acerca, comprueba que el amigo está muerto y le recrimina: "Te lo dije. Era inútil que fueras".
El soldado, cubierto de barro y sangre, levanta la mirada y le contesta: "No mi capitán, no fue inútil. Cuando llegué aún estaba con vida, y solamente dijo: Sabía que ibas a venir."
Esa es la lealtad absoluta. La certeza inquebrantable de que, sin importar lo oscuro que esté el cielo, alguien va a aparecer por ti. Alguien va a hacer lo humanamente correcto.
No necesitamos estar bajo fuego de artillería para poner a prueba esa lealtad. A veces, la trinchera es el estrés diario, el agotamiento, la falta de tiempo o el piloto automático del que hablábamos la semana pasada.
Hoy, mi trinchera era la rutina. No tenía programado ir a ver a mi hija a sus clases de atletismo. El calendario estaba apretado, las obligaciones pesaban y la lógica dictaba que me quedara resolviendo otras tareas. No pasa nada, estaba cubierto. Todo OK.
Pero encontré el hueco, rasqué los minutos y fui igualmente.
Llegué cuando la clase ya había empezado. Me quedé en silencio, observando desde la grada. En un momento dado, le hice nuestro silbido, ella giró la cabeza y me vio. La sonrisa que cruzó su rostro en ese instante es de las que justifican una vida entera.
Cuando la clase terminó y todos los niños empezaban a recoger sus cosas, me acerqué a ella. Lo primero que me dijo, clavándome los ojos, fue: "Pare, sabia que anaves a vindre" (Papá, sabía que ibas a venir).
El mundo se detuvo. En ese preciso instante, entendí que eso lo es absolutamente todo. Entendí que hice lo humanamente correcto.
En POINT OF DREW hablamos de estoicismo, de crecimiento personal, de forjar un carácter de piedra y de liderar desde la humildad. Pero todo ese andamiaje filosófico no sirve de nada si falla en el momento de la verdad. Si falla el factor más humano.
El mayor superpoder que puedes desarrollar no es ganar más dinero, ni tener el mejor estatus, ni diseñar la asociación perfecta. El mayor superpoder de un ser humano es convertirse en la certeza de otra persona.
No vamos a poder estar todos los días, no vamos a poder acompañarles siempre, por eso hay que forjarles una personalidad en la que si miran a la grada y te encuentran, sientan orgullo. Y si lo hacen y no estás, sientan respeto. Respeto por saber que querías estar con todas tus fuerzas pero no siempre se puede, y hay que aceptarlo y seguir adelante.
Esta semana, revisa tu presencia:
¿Eres tú esa persona para alguien? ¿Tu gente confía en que aparecerás cuando las cosas se pongan feas o cuando simplemente necesiten un abrazo al borde de la pista? Deja las excusas, rompe tu agenda y preséntate. Demuéstrales que siempre, pase lo que pase, vas a ir a buscarles.
Hay historias de amor en nuestras trincheras más rutinarias. Hay lecciones de honor en nuestro día a día. Simplemente hay que darles la importancia que se merecen. Para mi, eso es la virtud.
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P.D.2 Te dejo la interpretación del maestro René Lavand. Por cierto, esto es a lo que aspiro personalmente a nivel de comunicación. El drama también es belleza. Lo puedes ver AQUÍ.
P.D.3 Esta carta la escribe alguien quien se perdió los primeros pasos de su hija estando trabajando. Y más cosas. No es una crítica, pero no puede pasar sin ser una advertencia.
Nos vemos en el siguiente puerto. Hasta la semana que viene
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